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Gabi preparó con mucho cuidado este encuentro. Desde hacía mucho tiempo ella sabía la situación de nuestro parentesco, lo supo de la forma más inocente. Luego de nuestro pasional encuentro esperó durante días mi llamada pero su teléfono no sonó por mi culpa. Por momentos pensó lo peor, pero siendo una mujer de “armas tomar” no quiso quedarse con la duda de saber la razón de aquel abandono.

Transcurrieron varias semanas y ella decidió viajar a la universidad donde nos conocimos. Gabi posee una gracia especial, un aura hechicera para ganarse la confianza de los que la rodean; es amable, servicial, inteligente, es muy fácil admirarla y al mismo tiempo no saber porqué.

No es legal, pero con complicidad de las secretarias, logró sustraer una copia completa de mi expediente. Al llegar a su casa dejó el fólder en el escritorio del estudio, le dio un beso a su padre que todas las noches fumaba una pipa mientras hojeaba por segunda vez el periódico, que luego de terminar sintió curiosidad por saber que contenía ese fólder en el que leo mi nombre pero en especial el nombre de mi madre, así fue como él descubrió que era yo su hijo.

A la mañana siguiente tuvieron una fuerte discusión y una colección de “ porqués” sin contestar. A todo esto, ella aún no sabía de su embarazo a pesar de presentar un retraso en su ciclo habitual. Al saber la noticia, el padre tuvo ataques internos de cólera y de conciencia, de cierta forma, también él era culpable de esas consecuencias.

Al nacer el niño, el papá de Gabi lo amó como nunca pensó que lo haría, en lugar de sentir rechazo, al ver su pequeño rostro obtuvo todo lo contrario. Hizo con mi hijo lo que jamás hizo conmigo.

 

Una mañana, Gabi despertó pensando que no era justo que Fernando creciera sin saber de su padre, ya que ella creció sin madre, pues ella murió de cáncer a los dos años de darla a luz. Viajó hasta mi antigua casa, pero fue recibida de la forma que ya conocemos. Al no obtener respuesta, siguió esperando, pero ya la conocen, ella no se daría por vencida, hizo el último intento para reunirnos a todos en su casa.

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Llámame Jamás (3)

Continuación de Llámame Jamás

Pasaron dos años de tortura sicológica que castigaban cada día mi alma. Regresé a visitar a mi madre y descubrí que debajo de la puerta estaba un sobre blanco con mi nombre, seguramente fue un depósito reciente, pues nadie lo había recogido. El sobre contenía un nota escrita en papel amarillo que decía: “No me mates así, llámame a este número. GABI”.

Entré deprisa para hacer la llamada. Una fuerte sensación de vacío se esfumó al escuchar aquella voz que anhelaba desde hace muchos años escuchar y entre cordiales saludos logre decir:

-¿Cómo puedo verte? Quiero conocer a Fernando.

Muy dulce preguntó como estaba y luego de conversar con ella, me dio su dirección y la sita para visitarla una semana después de esta llamada.

Mi madre estaba tan emocionada como yo, pero el hecho de esperar una semana fastidiaba mi paciencia hasta el límite.

Antes de hablar ella suspiró muy profundo con su pañuelo en la mano.

-Nunca te dije esto hijo, pero si es cierto lo del niño, quiere decir que no ere estéril como pensábamos. Dijo apenada.

-La verdad es que yo lo sabía, los exámenes así lo declaraban. Decidí no decir nada para no hacer sentir mal a Sofía (mi primera esposa). Que luego usó eso de pretexto para dejarme. La separación con Karina fue diferente. Luego de la sorpresiva aparición de Gabi y mi supuesto hijo cambiaron las cosas entre nosotros.

Esa tarde fue de confesiones añejadas en las botellas herméticas del silencio.

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Llámame Jamás (2)

Continuación de Llámame Jamás

No podía soportar el no tener comunicación con ella, fui a la oficina de teléfonos para conseguir su dirección, viaje cuatro horas hasta llegar a lugar que pertenecía a ese número, lo que allí encontré enterró viva toda esperanza de volver a encontrar a esa mujer que ame con tanta rapidez como intensidad. Estaba demolida la casa donde ella vivió por mucho tiempo, porque en ese mismo lugar, hace una semana empezó la construcción de un edificio de apartamentos, de esa forma se esfumó de mi vida como una neblina pasajera.

Pasaron los días, los meses, los años. Llevó mucho tiempo para que el tiempo enterrara aquel palpitante recuerdo.

En un instante estaba de vuelta en la habitación de mi madre que me trajo de nuevo a la tierra dándome suaves palmadas en las mejías.

-Hay algo mas. No fue la primera vez que Gabriela vino a buscarte, recuerdo que hace unos diez años atrás la encontré en la puerta que abre a la calle. Amable saludó y pregunto por ti. Le dije muy claro que te dejara en paz, que estabas casado. A ella eso no pareció importarle y me entregó un papel amarillo con su número de teléfono para que la llamaras pero luego que se perdió de mi vista lo tiré en la basura. Pensé que no era correcto que estando mi hijo casado llamara a sus viejas amigas.

Después de su relato le di a mi madre un beso en la frente y le dije con tranquilidad (como si tuviera control en mi vida) que no se preocupara mas, que iba a llegar al fondo de todo esto . Le pedí el número de teléfono de Gabi y así aclarar todo este asunto.

-Ella no dejó su número de teléfono. Contestó mi madre con cierto aire de tristeza. –Dijo que esperaría que cumplieras aún tu promesa de llamarla.

 

Continuará…

Llámame Jamás

Antes de confesarme todo, observé a mi madre ocultar con intensidad su agonía. Ella intentaba en vano encontrar el momento adecuado para hablar conmigo a solas. Sé desde niño que para ella no existe una cena más familiar que la cena de navidad, pero ni siquiera eso respetó. De repente se levantó de la mesa y me dejó solo con Karina (mi segunda esposa) y fue rumbo a su habitación de donde me llamó.

En el momento que cerró la puerta supe que sucedía algo serio, posiblemente se trataba de su salud, pero cuando escuché el ruido del cerrojo echando llave no sabía que pensar.

Con voz calma, ella trataba de escoger como empezar la conversación. De pronto descargó una violenta ráfaga de palabras que se dispararon con rapidez de su boca y sólo logre entender:

-Ayer, una mujer me presentó a mi nieto. ¡Tu  hijo!

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